Ya no se puede decir que las afirmaciones de Bush produzcan desazón, indignación o rabia, ahora es el propio Bush quien, desde hace tiempo, produce espanto. La pantomima de juicio a Saddam Husseim es una acto más de la campaña electoral del inquilino de la Casa Blanca, aunque aún nos quede la traca final para cuando nos lleguen las imágenes del cumplimiento de la sentencia.
La pena de muerte convierte a los Estados en asesinos de asesinos, también de inocentes, aunque no sea el caso de Saddam; nadie duda de sus crímenes contra la humanidad. Pero hasta el más vil de los asesinos debe ser juzgado desde la legalidad y con tribunales que no estén contagiados del virus de la venganza.
Justo Serna, en su muy recomendable blog, se pregunta “si el espectáculo de la punición capital sirve como aviso para los grandes malhechores que se adueñan de los gobiernos con el propósito de infligir el mal”. Lo que parece incuestionable es que la llamada pena capital tiene escasa utilidad ejemplarizante porque allí donde se mantiene, se reiteren los mismos actos criminales que llevan a la silla eléctrica, a la inyección letal, a la horca o ante el pelotón de fusilamiento. La existencia de la pena de muerte no es garantía de mayor seguridad y por el contrario debilita al Estado.
Entre las distintas razones que injustificaron la invasión de Iraq se contaba con ese encomiable propósito de extender la democracia. Bonitas palabras para envolver falsedades con olor a petróleo y otros intereses geoestratégicos, pero, anestesiémonos por un solo instante y supongamos que fueran ciertos aquellos discursos falsos. Supongamos, por unos segundos tan solo, que hablaban desde el convencimiento y la buena fe. Entonces, habría que decirle a Bush, y a quienes comparten su discurso, que han perdido una buena oportunidad para demostrar que la nueva justicia que impone la democracia iraquí es superior a la justicia del saddamnismo.
Bush dijo querer extender la paz y la democracia. De la paz, en aquellas tierras, no hay noticias, tampoco se le espera a corto plazo; igual ocurre con la democracia. De momento, lo que sí sabemos es que los irquíes sufren una justicia que, como la del dictador, aún no ha abolido la pena de muerte.













Mientras tanto se van sucediendo las declaraciones. Salvo un par de excepciones las condenas de gobiernos y organismos se me han hecho muy tardías aunque frente a las que continúan aplaudiendo la condena van dejando a cada cual en su lugar. Desafortunadamente hay poca revelaciones y peor aún nada, ninguna iniciativa que apunte a un camino sin esta violencia institucional.
Saludos,
Daniel
Por muy criminal que sea alguien, ni el estado ni nadie tiene derecho a decidir si tiene que vivir o morir. Yo no soy creyente pero lo veo así y por eso me parece más alucinante que haya creyentes que estén a favor de la pena de muerte.
Entre otras cosas, la pena de muerte debería desaparecer de la faz de la tierra para podernos considerar más personas.
Y nuestro ex presidente Aznar hablando de condena justa… ¿Creen o no creen en la democracia y en el Estado? ¿Tienen o no tienen valores humanos? La doble moral, asquerosa y repugnante. Un saludo.
La administración Bush, fiel a sus “principios”, va a morir matando. Injustificable la pena de muerte.