No me gustan las banderas, detesto las fronteras visibles e invisibles, y de poder, suprimiría todos los muros que separan pueblos y personas. Sé que no soy ecuánime, tampoco lo pretendo, pero percibo al nacionalista como una especie de pánfilo que se escuda, en demasiadas ocasiones, en una supuesta amenaza exterior, en una real o hipotética invasión cultural o en ese siempre socorrido centralismo culpable de todos sus infortunios. Nada más absurdo que un nacionalista español culpando a otros nacionalistas de romper su España; nada más patético que ese otro nacionalista achacando todos sus males al sempiterno centralismo.
El respeto a lenguas, tradiciones o distintas formas culturales, no debe construirse enfrentando territorios, formas de vidas y personas. El noble sentimiento de pertenencia a una comunidad, a una cultura; la defensa de lenguas autóctonas y de aquellas tradiciones dignas de perpetuarse, la protección de las peculiaridades vernáculas; todo ese concepto de nacionalidad e identidad, son nociones y realidades complejas, múltiples y evolutivas. Desde esa perspectiva, defiendo el derecho de aspirar al mayor grado de autogestión en los territorios que constituyen eso que llamamos Estado. Pero cada gesto de victimismo y toda invocación a las esencias me repugnan y alertan.
Resulta paradójico que cuanto más fuerte es la corriente que tiende a la universalización de derechos, más se pertrecha ese nacionalista absurdamente autárquico que no ve más allá de su propio ombligo aplicándose, egoísta e insolidario, aquello de ándeme yo caliente y ríase la gente. Pero además, el nacionalista rampante suele usar su patriotismo, su amor a la tierra y esas cosas como paliativo. El nacionalismo tiende a recrear una arcadia feliz; falsea la historia si le resulta necesario para presentar el pasado como algo glorioso, necesario de perpetuar y repetir lo más fidedignamente posible en aras de una autenticidad ilusoria. Recreado el escenario, todo error o infortunio que sacuda ese estado idílico, siempre procede de fuera y por supuesto se entiende como agresión intolerable.
Soy andaluz pero, siendo de esta tierra, no me creo ese cuento de aquel Al-Andalus maravilloso y feliz que dicen existió hasta que llegó aquel grupo, que cuentan surgió de las montañas asturianas, para descuajaringar un extraordinario paraíso que dicen existió. No me lo creo aunque sea cierto que los invasores del norte arrasaron con una cultura extraordinaria.
No soy objetivo con los nacionalistas populistas, la verdad es que tampoco me importa. No hace mucho un líder, por llamar así a la persona que jerárquicamente representa al Partido Andalucista, no tuvo otra ocurrencia que, en relación con el pago de la deuda histórica –otra estupidez política de matices nacionalistas que se pretende cuantificar- contestó que no creía posible que “alguien que se llame Jordi” llegara a pagar dicha deuda. Aludía el susodicho a la condición de catalán del Ministro de Administraciones Públicas. El político andaluz simplificó el asunto al nombre del ministro porque, el muy nacionalista señor Álvarez entiende que Jordi es un nombre catalán, aunque el ministro sea valenciano. Lo curioso del caso es que en su diarrea verbal omitió el apellido del ministro bitacorero.
Este panfletillo, que ni tan siquiera llega a categoría de panfleto, está escrito contra este tipo de nacionalismo. Contra quienes agitan los sentimientos azuzando el enfrentamiento ridículo y primario entre territorios y ciudadanía para supuestamente defender nobles sentimientos, también contra quienes se escudan en el agravio comparativo o se aferran al victimismo como arma de identidad.
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Seleccionado y publicado en la sección de opinión, DESTACADOS DEL DIA, de El Otro Diario.













[...] más en 14 de abril Júcaro, 8:08 – Archivado en Política. [...]
Totalmente de acuerdo.
Estoy de acuerdo, como con casi todo lo que escribes…
Tampoco me gustan las banderas, ni los muros, ni las puertas al campo. Estupendo. Te lo copio. PAQUITA
Así que … también eres andaluz, ¡vaya, vaya!
Espero que en el curriculo de la venidera asignatura ‘educación para la ciudadanía’ expliquen así de didácticamente lo que es el nacionalismo.
yo también prefiero un mundo sin fronteras. bicos.
Panfletillo de un no nacionalista
No me gustan las banderas, detesto las fronteras visibles e invisibles, y de poder, suprimiría todos los muros que separan pueblos y personas. Sé que no soy ecuánime, tampoco lo pretendo, pero percibo al nacionalista como una especie de pánfilo que…
[...] me he considerado internacionalista, no entiendo de patrias aunque algo de sentimientos sí entiendo algo. Siempre había tenido por válida aquélla frase [...]
Hay quien confunde el sentimiento nacoinalista (que engloba a todos los nacionalismos) con el sentimiento político-patriota.
Ni soy patriota ni tampoco me gustan las banderas ni los muros.
Es un gustazo, Júcaro, leer de tu propia pluma lo que una quisiera expersar, pero no me dan las palabras. Trabajito que me ahorras, porque suscribir, ay si lo suscribo.
Un beso, maestro.
Ay Júcaro, amigo mío, es qué uno ha de hacerse republicano y jacobino, aunque no quiera, para librar al mundo y a él mismo, de tanto besugo cómo hay por esos mundos de Dios.
A la tontería de la “deuda histórica” le contrapusieron por estos pagos, unos de similar inteligencia a la del amigo Álvarez, lo de la “balanza fiscal”. Ninguno de estos benditos habrá oído hablar de la “caja única de la Seguridad Social”, del “Tesoro del Estado”, etc. Digo yo, qué no lo habrán oído.
Cito este estupendo post en el último que he escrito, amigo.