No recuerdo qué grupo tocaba aquella noche pero lo recuerdo todo. La mesa pequeña, la bebida que consumías, el cigarrillo encendido y olvidado en un atiborrado cenicero; el vaso de güisqui en mis manos. Qué importancia tendrá el nombre de aquel grupo si retengo tu mirada y el instante aquel cuando cerraste los ojos al escuchar cómo el saxofonista interpretaba aquella melodía ¿de Phil Woods?; en algunos detalles me pierdo, como siempre.
Ahora que es de noche recuerdo mis manos buscando las tuyas, mis ojos recorriéndote y perdiéndose en ti, el murmullo de la mucha gente que se congregaba en aquel local; la pianista y su vestido de flores rojas sobre fondo blanco escurriéndose hasta el suelo mientras sus dedos saltaban de las blancas a las negras con precisión asombrosa. Lo recuerdo todo menos el nombre del grupo.
Ahora que el tiempo se despereza, lo recuerdo: el pesado de turno y su exigencia, voz en grito, para que la pianista cantara a lo Billie Holiday; la concentración de aquel hombretón del contrabajo que parecía ensimismado detrás de sus gafas oscuras y gorro rojo, el compás sugerente y cadencioso de las escobillas; mis ansias por salir de allí para perderme en la acaricia tibia de tu geografía.
Recuerdos que se me agolpan al tener entre mis manos este disco, el que compramos otra tarde, aquella en la que recorrimos doscientos kilómetros para asistir a un concierto. ¿Recuerdas? Doble sesión del mejor jazz. Lester Bowie recreándolo desde sus orígenes en un espectáculo colorista y divertido -hemos crecido tanto que nos sobrepasan los recuerdos- y un Gerry Mulligan que te hipnotizó. ¿Recuerdas? Si, aquel señor mayor, alto, elegante, hosco y sublime. Para entonces, como hoy, seguíamos sin saber inglés y cuando tomó la palabra el aforo fue un sonoro abucheo, alguien a nuestro lado nos explicó los motivos. ¡Gerry Mulligan! ¿Claro que recuerdas? Tengo grabado aquel gesto refinado y sutil con el que dio paso a su grupo; bastaron dos notas para que la multitud callara para entregarse a la música. Pero, eso sucedió el día que compramos este disco que ahora tengo aquí, en la mesa donde apilo recuerdos lejanos y alguna que otra obsesión; en su interior, junto al vinilo, un posavasos de un garito cualquiera.
No sé quiénes diablos eran, pero lo recuerdo todo. Y así, entre recuerdos, memorias y desmemorias quiero decirte que ya no tengo miedo a la oscuridad porque cuando me falte la luz y los contornos se dispersen, recorreré tu rostro con mis dedos y, si perdiera el tacto, retendré el sonido de tu voz y este viejo vinilo que compramos aquella tarde antes del concierto, y pasaré los días reviviendo nuestros recuerdos o persiguiendo el nombre de aquellos músicos geniales que no recuerdo como coño se llamaban.













Bello relato, sin duda…
“Qué importancia tendrá el nombre de aquel grupo si retengo tu mi bla bla bla”.. perdiste, JAZZ, música de fondo? JAZZ, música de fondo? perdiste dos veces, JAZZ JAZZ JAZZ JAZZ CARNE, JAZZ JAZZ JAZZ desparece.
[...] Jazz de fondo La vida perra del jazz Los 100 corazones de Michel Petrucciani [...]