Carta al diputado desconocido
Le dirijo la presente, independientemente de que sea usted señor o señora, miembro de un partido conservador o progresista, representante de la provincia en la que vivo o de cualquier otra. Ignoro sus méritos para figurar en la lista del partido por el que salió elegido; esa es una decisión para la que no estamos habilitados. Desconozco, igualmente, si usted está satisfecho de su actividad parlamentaria y política como representante de su circunscripción electoral; si por el contrario, su ocupación actual, es solo un medio para adornar su curriculum o un simple modo de ganarse la vida.
Quiero expresarle mi preocupación, compartida por muchos ciudadanos, sobre el deterioro de la política. No piense que muestro desinterés por su labor en el Congreso de los Diputados, ni suponga que quien suscribe es de esos que valoran a todos los políticos por igual y considera a todos como ineptos, corruptos o despreciables. Por entender que esa generalización es injusta y muy peligrosa, espero de mis representantes un mínimo de dedicación y respeto. Precisamente fue el interés lo que me llevó hasta la web del Congreso y comprobar que, según discursia.com, su actividad se reduce a dos iniciativas y una intervención, además de pertenecer a distintas comisiones en calidad de secretario o vocal y estar adscrito a otras como miembro de su grupo parlamentario. Le diré, señor diputado, tal vez diputada, que también he buscado en las hemerotecas referencias suyas y apenas si encontré alguna información de la última campaña electoral; que, al teclear su nombre en los buscadores, usted no es noticia y que preguntando por su señoría, a ciudadanos de la circunscripción por la que es representante electo, no encontré a nadie que recordara su nombre.
Disculpe la osadía pero me permito escribirle, para saber de usted y conocer qué motivaciones le han llevado hasta el Congreso. No se ofenda señor diputado, tal vez señora, pero tengo por costumbre distinguir al profesional de la política, tan digno como cualquier otro, del político que ocupa un cargo solo por el dinero que le puedan pagar. El profesional se entrega, participa y trabaja; el mercenario, sestea, asiste como palmero a las sesiones del Congreso y pulsa el botón correspondiente cuando le indican qué debe votar.
No le conozco, pero tengo la impresión que usted accedió al cargo como quien valora una oportunidad estrictamente personal. Usted, probablemente, pensaba dedicarse a otras cosas, pero un día se afilió al partido que mejor representaba su ideario político y las circunstancias le llevaron a ocupar un puesto que nunca había imaginado. No se ofenda señor diputado, puede que diputada, no dudo de su capacidad aunque pienso que toda capacidad se queda en nada si no se acompaña de compromiso y buena disposición. Verá usted, su caso me recuerda al de esos profesores que estudiaron para ser médicos o químicos y, por las circunstancias que fueren, se encuentran dando clase a grupos de adolescentes en cualquier instituto de secundaria o bachillerato. Le diré, que prefiero al profesor que se formó para ejercer como docente y siempre, a quien realiza su trabajo desde la solvencia, el compromiso y la responsabilidad.
Probablemente haya profesiones en las que ser mercenario no suponga ninguna merma. Ser depositario de la voluntad popular, si me permite esta expresión, exige un mínimo de responsabilidad y compromiso, de pasión y entusiasmo, también de convicción. La política es, o debiera ser, acción. No le pido, señor diputado, que actúe sólo inspirado por las convicciones; la pasión desmedida en defensa de las ideas no le convertirá precisamente en mejor representante. Lo que le pediría es que me haga ver que estoy equivocado, que su presencia en el parlamento es útil y que mi voto no fue un error. No es mi propósito discutir si usted concibe la política como vocación; lo que le demando, como representado, es que se tome su labor como algo más que un simple modo de ganarse la vida. Hágase conocer, traslade a los ciudadanos de la circunscripción electoral su labor en el Congreso de los Diputados. Dígame que mi voto, útil para sumar más que el partido contrario, se hace necesario todos los días gracias a la labor que usted realiza; que no me equivoqué al elegir la papeleta en la que aparecía el nombre de su señoría. Nombre que, precisamente ahora, no recuerdo.















Olé.
Ya son muchos años sacando de la política a los “problemáticos”. Lo que tenemos es el resultado de una selección artificial. Las “cúpulas” llevan decenios criando mediocres. El sistema funciona por cooptación: para que entre alguien, los que están “dentro” tienen que abrirle la puerta.
Suele ser una puerta con el dintel bajo, de forma que hay que entrar inclinándose. A veces es tan bajo que hay que pasar reptando. Eso parece excluir lo que se llamaba antes “talla política”. En cuanto a la estatura, todos sabemos que en la política, como en cualquier actividad humana, hay una parte de excrementos. Si uno tiene suficiente altura, le llegarán a los tobillos o a las rodillas, y mantendrá las manos limpias. Si no, le llegarán a la boca: estará tragando y escupiendo excrementos todos los días. Por eso el debate parlamentario está a la altura de los excrementos.
No sé cómo habría calificado – o descalificado – D. Enrique Tierno las presentes situaciones. Está por demostrar que la cultura y el lenguaje preciso, florido o directamente barroco sean de gran ayuda para un político. Como dice D. Francisco Rubio Llorente, contra los hechos opacos de este mundo poco o nada valen las ideas brillantes y la vigorosa expresión.
Estamos en la misma situación que Gutiérrez Mellado cuando le pedían que nombrase a generales demócratas para dirigir el ejército. Considerando que los generales había que escogerlos entre unos coroneles elegidos por el Régimen precisamente por no ser muy demócratas… “no se puede sacar una manzana de un cesto de fresas”. No vamos a encontrar políticos válidos, ni siquiera útiles, entre este personal elegido cuidadosamente por los que hacen las listas entre la gente que ha demostrado más, digamos, fiabilidad. La creatividad queda en segundo plano, si es que se considera en algún momento.
Generalmente se olvida que los candidatos a los cargos públicos son presentados por unos partidos políticos que los seleccionan entre sus militantes. Si el funcionamiento interno de los partidos fuese perfectamente democrático, y si fueran la mejor escuela para aprender las reglas del juego limpio, tal vez no tendríamos que contemplar alguno de los espectáculos con que nos obsequian de vez en cuando.
Totalmente de acuerdo con tu carta y con los argumentos de grijalbo
¿Dónde hay que firmar?