Los leones del Congreso
Leí por algún sitio que la reina Isabel II ordenó colocar los leones de bronce a las puertas del Congreso. Con ello pretendía el simbolismo de poner las Cortes bajo la custodia del llamado rey de la selva para que nadie osara atentar contra la voluntad del pueblo. ¡Mentira!, palabras, palabras y sólo palabras. De las intenciones reales se podría divagar pero la realidad es tozuda y bien diferente porque la historia está jalonada de monarcas, dictadores y algún que otro aprendiz de lo uno y lo otro, que han escamoteado esa voluntad sometiéndola a sus caprichos. Tan es así que, esos supuestos fieros guardianes, han degenerado en dóciles animales de compañía para con los asaltadores de turno, transformando su fiereza una y otra vez, en complacencia y pasividad.
—¿Cómo el Pueblo español? — pregunta alguien.
—Indiferentes y risueños, ¡como el pueblo español! —asevera una voz de manera categórica.
Los leones de Ponciano Ponzano son tan sumisos que aún no han entrado en el palacio para hacer carne. Sus poderosas fauces se muestran indolentes e inmóviles en su quietud de bronce. Tal es su pasividad que los más prudentes domadores ya desechan cualquier tipo de precaución; no hay peligro. Quienes pontifican sobre los deseos del pueblo y quienes peroran ufanos en nombre de ese pueblo, saben que todo les está permitido; que el pueblo, como esos leones, no se moverá por muchas provocaciones que reciban.
— Compañero,¡hasta aquí hemos llegado! —dice, el león de la izquierda.
— Yo, no me muevo —responde, el de la derecha.
Rara vez este pueblo supo sacudirse la indiferencia para poner las cosas en su sitio. Quizá el problema está en el origen. Si en vez de estar fundidos, con los cañones de la Guerra de África, fueran auténticos leones africanos; si en vez de ceder la custodia de nuestros intereses a otros y nos convirtiéramos en guardianes de nuestros propios intereses, otro gallo cantaría. Los reaccionarios de siempre lo saben, los conservadores de toda condición y pelaje conocen que pueden contar con la pasividad de esos indolentes custodios de la representación nacional, con la indiferencia del pueblo, con esa benevolencia que algunos confunden con indiferencia e indiferencia que unas veces implica complicidad y otras cobardía.
Si fuera verdad que esos leones representan al pueblo español y que el poder de los políticos emana del pueblo, sería cuestión de tener unas palabritas con los leones, quiero decir con el pueblo.















Pues sí, querido Júcaro, son mansos gatitos, si no no se entiende como no han mordido a alguno de los de dentro, que bien se lo merecen muchos.
Salud y República
Lo que me pregunto, amigo Rafa, es si tan dóciles ejemplares cansados de tanta porquería dirán ¡basta ya! Si algún día expresaremos nuestro hartazgo de tal manera que defendamos la política y la gestión de todo lo político como algo común de todos los ciudadanos.
El poder emana del pueblo, a veces, según y como. Una vez que las emanaciones de poder han colocado a los representantes en el palacio de la Carrera de San Jerónimo los emenados dejan de serlo para emanar sobre el pueblo un poder más que dudoso.