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Sumisos

23 febrero 2011

Digamos que la ética desapareció de la política quedando impresa en libros como un  recuerdo necesario de recuperar y que la retórica, que consiste en emular a Demóstenes, o la elocuencia, que es el esfuerzo por persuadir, también pasaron a mejor vida. ¿Qué nos queda? Podemos burlarnos de Belén Esteban y de tanto bufón que anda suelto pero, ¿somos tan diferentes  de ellos?  Como ciudadanos, ¿actuamos de manera inteligente?

Hay políticos que se expresan con enormes dosis de autismo. No les importa convencer  al ciudadano, ni siquiera lo pretenden. Sus mensajes van dirigidos a los que ya están convencidos, a ocupar un lugar destacado en los informativos y el mejor  espacio posible en las primeras páginas de los periódicos que leen sus incondicionales. El ensimismamiento se propaga y, en ocasiones, dan la impresión de estar entregados a la práctica onanista de la autocomplacencia. Por otra parte, nosotros  nos limitamos a repudiar a todo lo que se haga desde la política, atendemos sólo a lo que queremos escuchar. y no tomamos parte de manera activa. Incluso con algo tan tribal como el fútbol, aceptamos que los periódicos deportivos(1) nos manipulen la realidad conforme a nuestros deseos.  Ni la prensa ni los políticos nos engañan,  nosotros nos dejamos engañar.

Hay quien considera que el escenario político está suficientemente definido; que al ciudadano no se le puede convencer porque ya tiene sus opciones y convicciones. No hay otro interés que  el empeño  de no perder un solo votante, de tener prietas las filas y en permanente estado de excitación para que no cunda el desánimo. La estrategia consiste en que los adeptos no fallen.  En tales circunstancias, como la ética es un estorbo y la persuasión una pérdida de tiempo, hay un refugio  soez en la demagogia y en la falsificación de la realidad. La constante apelación a las pasiones más primarias y nuestra claudicación como sociedad, hacen el resto.

Una sociedad madura no asistiría impertérrita a lo que está sucediendo.  Parece que somos simples espectadores de nuestra realidad. Nos movemos a impulsos entre el  realismo sanchopancista de aceptar la realidad existente sin el mínimo interés por cambiarla y las ensoñaciones quijotescas de quienes somos capaces de perorar desde el teclado del ordenador e incapaces de salir a la plaza pública a desenmascarar  a tanto embaucador político y social que anda suelto.

(1) AS manipula una imagen de un fuera de juego

 

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