Idiotas y resignados
Cuando el trabajador abrió el puño para firmar la hipoteca vitalicia, para coger las llaves del coche que no podía pagar o financiar el televisor innecesario para distintas dependencias de su hipotecada casa. Cuando nos pusieron esos señuelos envenenados al alcance de nuestros escuálidos bolsillos, fue cuando firmamos nuestra acta de defunción. Desde entonces, aquí estamos desorientados y simulando una evolución ideológica sin norte ni sur, sin referente alguno y lo peor; idiotizados, resignados y claudicantes.
¡Nos tienen ganada la batalla! Nos dan el aire suficiente para respirar, la libertad mínimamente indispensable para sobrevivir y, ¡estúpidos de nosotros!, nos creemos en el mejor de los mundos posibles.
Nos perdimos el día que nos desprendimos de nuestras ropas de trabajadores para reciclarla en uniformes de consumistas compulsivos. Desde aquel día, en vez de levantar la voz y el puño para defendernos de las amenazas; en vez de lanzarnos a la calle para ocupar las avenidas, plazas y calles en defensa de nuestros derechos; bajamos la cabeza y ofrecimos dócilmente nuestro silencio. Callamos, como idiotas, sumisos e impasibles observamos las cesiones y desmanes que en nuestro nombre se acometen a diario.
No pido nada a la derecha porque nada espero de ella. A la izquierda, de la que me siento parte, le exijo todo. Si el poder, en manos de quienes dicen representar a los trabajadores, no sirve para cambiar ciertas cosas; si se permiten y justifican ciertas licencias y abusos por puro seguidismo partidario; si tenemos que callar porque la derecha lo haría peor, ¡apañados vamos!
Estéphane Hessel nos incita a la indignación, Rosa María Artal agrupa a varios pensadores que ante tanta abulia ciudadana apelan al principio activo con Reacciona. Aquí, alguien más escéptico, aspira llegar a ese día en el que nos lo plantemos y hagamos, por fin, acto de presencia.
















Nos hicieron creer que ya no éramos clase trabajadora sino burgueses bienestantes que teníamos mucho que perder. Y nos volvimos conservadores para no perder… una ilusión, sólo una ilusión.
Nos hicieron creer y nos lo creimos.