El sentido de la democracia
Hace tiempo que nos zumban con la matraca de la unidad. Unidos contra el enemigo común, contra la crisis. Unidos por la sanidad, la educación y la justicia, contra el terrorismo y el paro. Aunque algunas de estas proclamas estén justificadas y cargadas de motivos y razones, no podemos olvidar que las sociedades avanzan con el contraste de ideas y el respeto a las diferencias. La negociación, siempre; el pacto y consenso en determinados casos y como consecuencia de lo negociado. Algo no termina de funcionar cuando con tanta frecuencia se enfatiza de trascendencia y solemnidad las continuas llamadas a la unidad y al pacto de Estado permanente.
De vez en cuando, desde altas instancias mediáticas o políticas se nos conduce en la necesidad del pacto de Estado, en la prioridad de alcanzar acuerdos en los temas más importantes. Google nos ofrece, a poco que busquemos, muestras de esa imperiosa necesidad de pactar en prácticamente todas las materias: sanidad, educación, energía, lucha antiterrorista, justicia, contra el transfuguismo político, por la transparencia… Qué sentido tiene una democracia en la que todo se pacte, preferiría la negociación permanente. Entre el consenso y la uniformidad, ¿dónde dejamos el debate político, dónde la discrepancia? ¿Volvemos al partido único?
Aquí hubo un gran pacto constitucional, incluso se mantiene un acuerdo tácito para olvidar, por ejemplo, que según dicho pacto constitucional, este país es un Estado aconfesional. No sólo me refiero a la exhibición improcedente de un símbolo religioso como señal de identidad en las instancias del Estado o en las cámaras de representacíón. En estos días el crucifijo estará presente en la toma de posesión de infinidad de concejales y diputados electos que, como tales, no se deben a credo religioso alguno, sino a los ciudadanos y a la legalidad. Sin embargo, se tolera y promueve la prevalencia de una confesión concreta. Pero volviendo al tema, las líneas básicas, el marco que se dieron los españoles aprobando la Constitución, delimita bastante el campo de acción. El margen de actuación parece insuficiente, la unidad se muestra como un codicioso deseo y en post de esa unidad o uniformidad, ¿quién lo sabe?, proliferan los ideólogos y opinólogos disfrazados de intelectuales queí, ante cualquier dificultad, nos piden pragmatismo y uniformidad por activa, pasiva y perifrástica.
Sentido de Estado. Así titula El País una de sus editoriales para proponer un acuerdo entre PSOE y PP en materia económica, «un pacto de Estado que despeje las líneas de política económica para los próximos años». Estoy más de acuerdo con el título del editorial que con su contenido. El País incide en la necesidad de un pacto de Estado en materia económica. Como si la política económica no estuviera ya suficientemente encorsetada por las grandes corporaciones, el Banco Mundial o la CE. El margen de maniobra, en esta materia, resulta imperceptible por mucho que se adorne con prosa y demagogia variopinta. Particularmente, más que un pacto de Estado para acordar lo inevitable, desde la lógica de lo políticamente correcto, habría que apelar a la necesidad de sensatez, cordura, coherencia y respecto para con las ideas y la ciudadanía, de un cierto sentido democrático de la convivencia y discrepancia. La honestidad intelectual y la responsabilidad para con los ciudadanos serían suficientes para que, desde la discrepancia lógica y deseable en la observación, análisis y diagnóstico de la situación, nada se sacara de quicio por puro interés partidario. En estos días observamos como esto no sucede, más bien todo lo contrario. Cuando las encuestas colocan a nuestros políticos como el tercer problema para los españoles, ¿alguien se sorprende?
















De acuerdo con el contenido de tu reflexión. Está claro que hay una importante barrera para la legislación social: cualquier medida viene impuesta desde el exterior. Es curioso cómo en el siglo XXI, el teóricamente siglo de la superación de las fronteras nacionales, el capitalismo financiero ha logrado imponer una barrera a organismos supranacionales.
Quizá haya que esperar al siglo XXII para que haya fronteras a nivel mundial, y las imposiciones vengan desde fuera de la Tierra. Sería igual de alucinante que la situación actual.
Lo peor de las imposiciones no es su procedencia sino el déficit democrátrico que suponen y el sentido de las mismas.
Saludos