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Ignacio Aldecoa

16 marzo 2007

Que me perdonen los críticos literarios, que sean condescendientes los catedráticos de literatura moderna, que nadie me llame friki o extravagante por considerar a Ignacio Aldecoa uno de los grandes y Gran sol, una de las novelas cumbres.

Adscriben Gran sol al llamado realismo social, pero evidentemente es mucho más que esta simple etiqueta. Porque el autor nos recrea la desazón, la soledad, la desesperación y la rabia pero también la aceptación de su condición desde una rebeldía constante; el retrato del inconformista que llevamos dentro y la falta de coraje e impulso para cambiarlo todo, para arrojar por la borda tanta miseria y ataduras que nos inmovilizan.

Si en las primeras páginas algunos nombres como Afá o Sas pudieran recordar a personajes de Herman Melville en Moby Dick, pronto hay que descartar cualquier similitud entre ambas obras. Los personajes de Ignacio Aldecoa también surcan los mares en busca de pesca y si ésta conduce a la aventura es algo secundario y fortuito. Salvo la magnífica narrativa, pocas similitudes pueden establecerse entre ambas novelas. La aventura y la hazaña, por un lado, lo cotidiano y real por otro.

Gran sol es el relato de una travesía sin misterios. Las labores diarias, el transcurrir del tiempo y la convivencia a bordo del Aril en nada recuerda a las del Pequod. En esta narración no existen obsesiones que lleguen a la locura, tampoco se buscan ballenas imposibles; sencillamente persiguen bancos de peces con los que aliviar sus maltrechas economías; pescan por no saber hacer otra cosa. En Gran sol, el argumento es un trazo que parece diluirse entre la espuma de las olas. A veces se tiene la sensación de estar leyendo un reportaje, en ocasiones un gran poema. El mar, el barco, la rutina que conduce al aburrimiento; el mirar sin ver o el hablar sin esperar respuesta. La mar y los que en ella trabajan, el mar y sus colores pero también sus olores: “Olía a podredumbre de algas y a tormenta”. La mar indomable, donde siempre habita el duende caprichoso de las sombras del miedo que cualquier persona puede sentir cuando la naturaleza se manifiesta de su manera más atroz.

Todo lo que en la narración ocurre es previsible, sin espacio para las grandes sorpresas. La acción transcurre con cierta rutina, como monótona discurre la vida en el pesquero. El mar se acepta como es y se admite así, tal cual, sin otras diatribas ni obsesiones por ello tal vez, nada parece fortuito, nada parece forzado. Las páginas se suceden como los días de estos pescadores, sólo las salva una prosa exquisita.

La rutina y la aceptación estoica del mar. Entonces lo cotidiano, a veces transformado en aburrimiento, lo impregna todo dentro del Aril. Las conversaciones, en ocasiones, parecen no interesar a nadie y los pescadores más que dialogar, monologan. La mar lo moja todo y tiende a extenderse más allá de sus orillas. El mar, el cielo, el aire, la bruma, la brisa, el viento, el agua, las olas, la tormenta, pero también los trabajadores de la mar, sus familias que quedaron en tierra y sus proyectos de futuro que rápidamente se desvanecen porque, para ellos, sólo existe el mar. Todo desempeña su papel de manera irremisible. Entonces llega el cansancio, el aburrimiento, la vaciedad de hacer siempre lo mismo: la jornada se eterniza y los tripulantes beben, algunos,  tal vez,  demasiado, “porque el barco y el muelle, el presente y la memoria, la alegría y la nostalgia combinan un deseo de vivir bebiendo y hablando”. Y en ese perorar casi siempre rutinario, los marineros se preguntan por sus vidas, por sus familiares porque “las mujeres de los pescadores estaban condenadas” y los hijos eran un fracaso. Tienen también sus ensoñaciones y expresan sus quejas laborales pero todo en un tono resignado y de forzada aceptación aunque alguna vez suelten barbaridades entre dientes, porque viven la tragedia de arriesgar sus vidas por un mísero salario y porque son conscientes de que volverán a jugársela cada vez que su barco zarpe. “El que está hecho a la mar, la tierra le viene pequeña”.

Alguien acertó a decir que Aldecoa había escrito una novela coral, de hombres y barcos, y así parece. Ninguno de los protagonistas sobresale del resto de tripulantes y entre todos conforman el gran escenario de la vida en el mar y de la tarea del pescador. Ninguno de ellos se erige en el centro de la narración. Aunque Macario Martín, el Matao, con sus contradicciones, sus bebidas, sus gansadas, sus pláticas; sus complicados insultos, sus barbaridades barrocas, su filosofía de la vida y sus mujeres, emerge sobremanera. También José Afá, Joaquín Sas, Paulino Castro o Simón Orozco.

El tedio, el aburrimiento, la protesta murmurada y sin alzar la voz puede entenderse como una metáfora de la realidad española de la época. Aldecoa, en Gran sol, escribe sobre la lucha, la derrota y ensoñaciones de quienes viven en el mar logrando  transmitir una visión global del mundo de la pesca y los pescadores. Es una narración sobre el mar alejada de esos abundantes textos que sobre el mar se han escrito repletos de imaginación, mitos ancestrales o leyendas imposibles. Frente al Joseph Conrad de singladuras, vientos y hombres luchando contra un mar hostil y tormentoso, al Galdós de Trafalgar ensangrentado de restos y despojos después de la batalla, Aldecoa nos recrea el mar de los pescadores que bien pudiera representar a la sociedad monótona, triste y condenada al ostracismo por aquella asfixiante presión de la dictadura.

Que me perdonen los críticos, que se muestren indulgentes y benévolos los cultos, que me llamen pedante, si les place, quienes nunca lo leyeron, pero afirmo que Ignacio Aldecoa es uno de los grandes y Gran sol, la novela.

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7 comentarios leave one →
  1. 17 marzo 2007 11:04 am

    No hay indulgencias qué valgan, “Gran Sol” es una de las grandes novelas de nuestra literatura, y de la literatura sin más. Me parecen memorables las escenas de la muerte de Simón Orozco y la repercusión que el accidente tiene en “Aril”. Parece mentira que un golfazo como Aldecoa tuviera una tan elevada dosis de sensibilidad social, pero a veces la vida te da sorpresas.
    Si me permites, Júcaro, también recordaría ” El fulgor y la sangre”, una obra capital para entender la posguerra española.

  2. 17 marzo 2007 7:49 pm

    Y yo sin leerla, mecagüen10.
    Apuntada queda. Gracias por sugerirla, Júcaro.

  3. 18 marzo 2007 11:07 pm

    Pues yo ando aún más despistada que Angelusa, que yo de Aldecoa sé poco más a parte de que fue el marido de Josefina, pero tomo nota. Abrazos a mansalva. PAQUITA

  4. Begoña permalink
    25 marzo 2007 8:27 pm

    Eskerrik asko por este comentario de la obra “Gran sol” de Ignacio Aldecoa, de cuyos familiares fuimos vecinos en Vitoria . Acabo de saber de este libro a través de un articulo en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, pagina L 8 del miercoles 21 de marzo 2007, Nr.68 , donde lo ensalza de forma extraordinaria.
    No solo lo leere sino sera mi regalo de ahora en adelante . Agur, Begoña

  5. Pedro Rojas permalink
    18 octubre 2007 11:19 am

    Cualquier clasificación es arbitraria, pero no hay que tener complejos: Gran Sol es una de las mejores –de las cuatro o cinco mejores, no más– novelas española de la segunda mitad del siglo XX.
    Luego está lo que significa para cada uno. Si habría que medir la importancia que para cada uno tiene una obra por las veces que vuelve a ‘visitarla’, no hay duda: ‘Gran Sol’ es la novela más importante para mí, la única que releo por lo menos una vez al año.

  6. Júcaro permalink*
    18 octubre 2007 10:02 pm

    Pedro Rojas, tiene razón en suu comentario. Mire yo también tengo mi novela fetiche; una novela que siempre está cerca de mí, que además de leerla en varias ocasiones, en no pocas la tomo para leer cualquier fragmento. Se trata de “La lluvia amarilla” de Julio Llamazares, para mí también estaría entre entre las mejores.

    Saludos

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