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La farmacia y la dispensa de moralina

13 octubre 2009

En este país se puede abrir una zapatería, una guardería o una cafetería sin mayores problemas, en cualquier esquina de pueblo o ciudad. En la misma calle pueden ubicarse uno o varios establecimientos destinados a la misma actividad económica pero si se trata de abrir una farmacia lo cosa es muy diferente.

Aquí, existen unas normas que regulan la apertura de estos establecimientos. Son normas gremiales que diferencian este negocio de cualquier otro y que convierte a los farmacéuticos en empresarios privilegiados con el Estado como garante de sus fueros: distancia mínima entre ellas -¿llamamos cordón sanitario a esos 250 metros?- y una determinada ratio -una farmacia por cada dos o tres mil habitantes, según provincia-. En otras palabras, las restricciones demográficas y geográficas existentes  anteponen los intereses económicos del empresario a los intereses de los ciudadanos para acceder a la salud.

La apertura de una farmacia, como muy acertadamente nos recuerda Juan Pedro Peña, está sujeta a concesión administrativa. Esta consideración no nos debe pasar desapercibida porque mediante este procedimiento se cede a particulares la gestión de un servicio público bajo determinadas condiciones. Condiciones que deben garantizar el cumplimiento de la legalidad vigente. En este sentido, sus concesionarios  no deberían convertirse, en virtud de sus convicciones morales o religiosas, en vigilantes o administradores de la libertad del resto de ciudadanos.

El anuncio de la autorización para dispensar en farmacia y sin receta médica  la píldora del día después (PDD),  ha soliviantado a los sectores más intransigentes. Aunque incipiente, comienza a fraguarse una desobediencia organizada, un incumplimiento efectivo del carácter público de las farmacias, con la intención de inculcar a otros las creencias religiosas o morales de sus gestores. Con la PDD, está sucediendo algo similar a lo que algunos vivimos con los condones. El problema radica en esa extendida concepción católica de la moral y en la apuesta por extender esa moralidad a todos los órdenes de la vida cotidiana y a toda la ciudadanía.  Ahora la objeción está bien vista por los sectores más recalcitrantes de la sociedad, al entender que le puede resulta útil en su particular cruzada moralizadora. Impregnar de ideología religiosa la actividad profesional es un abuso. ¿Tenemos que permitir que estos profesionales se conviertan en los dispensadores de nuestra libertad en virtud de sus particulares principios religiosos? ¿Qué pensaríamos si  en una farmacia  se negaran a suministrar medicamentos contra la hemofilia porque el farmacéutico titular fuera Testigo de Jehová, y actuara según sus criterios religiosos? 

Es curioso que estos moralistas no tengan reparos en negociar con medicamentos cuyo número de dosis es muy superior al prescrito por el médico o que en sus estanterías se muestren repletas de productos de parafarmacia, con mayor margen de beneficio y dudosa efectividad, como parecen esos  cosméticos que dicen devolver a la piel la tersura de los 18 años o los que restauran el pelo a los alopécicos por no hablar de la venta de yogures con sus superpoderes curativos.

El farmacéutico que tiene problemas de conciencia para ejercer su profesión, lo tiene fácil: en vez de comprometerse a gestionar un servicio público podría optar por abrir otro negocio en el que la venta artículos no le plantearan problemas de conciencia. 

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6 comentarios leave one →
  1. Ricardo permalink
    13 octubre 2009 11:59 pm

    Gracias a la objeción de conciencia, en muchos paises el servicio militar no es obligatorio. Muchos objetores se pasaron muchos años en prisión, fueron golpeados e incluso en algunos paises fusilados. Me parece maravilloso que haya farmaceuticos que sea objetores de conciencia pues tanto los fusiles como algunas pildoras matan. Me parece maravilloso que haya gente que diga que no vale todo que hay cosas buenas y cosas malas y que participe en la malas quien quiera pero sin obligar a nadie a secundarle. ¿Por qué tienen que tener libertad los abortistas y no tenerla también los farmaceúticos? Que mundo tan absurdo , los que estan en contra de la pena de muerte a veces estan a favor del aborto.
    Que no falten nunca los objetores de conciencia en todos los ámbitos de la sociedad.
    Saludos.

    • 14 octubre 2009 11:03 pm

      Gracias por participar y hacerlo de manera tan correcta. Discrepo de tu observación. Los farmacéuticos tienen la concesión, por parte del Estado, para la dispensa de fármacos. En este detalle es donde pierden la libertad, no para pensar como quieran y conforme a unos principios que pueden ser muy respetables. Ellos deben someterse a lo concertado en la concesión adminsitrativa y no pretender situarse por encima por encima de la Agencia de Medicamentos Productos Sanitarios que de momento es la competente para determinar los fármacos y sus condiciones de acceso para los ciudadanos.

      Saludos.

  2. 14 octubre 2009 2:13 am

    Si quieren tener esa libertad, Ricardo, que no firmen un contrato con la administración, en donde se les impone, entre otra obligaciones, la de dispensar medicamentos aprobados por el Sistema Público de Saludo.

    Dicho de otro modo, que se dediquen a vener pipas.

    Un saludo.

  3. 14 octubre 2009 11:16 pm

    Si un médico quiere objetar conciencia me parece fabuloso, pero que lo haga en una clínica privada, y no en la sanidad pública. O, al menos, que ésta me garantice que habrá un médico que no objetará.
    Porque… si no… llegaremos a realidades como la de Navarra, comunidad autónoma donde, de facto, no existe el derecho a abortar.

  4. Hugo M. permalink
    15 octubre 2009 10:58 pm

    Ricardo, los objetores que se negaban a hacer el servicio militar eran civiles a los que se les quería obligar a portar armas. La comparación sería más adecuada en el caso de que fueran los propios militares profesionales los que se hubieran negado a hacerlo. Tendrían derecho a proteger su conciencia, pero dejando el ejercito.

    Hugo M.

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