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Timadores y timados

16 diciembre 2010

La tendencia a la mitomanía y a la estulticia; a eso conduce la manipulación del éxito deportivo y la creación  artificial de símbolos. A falta de otros referentes, el deporte de alto nivel y profesional , el deporte espectáculo, televisado y patrocinado es utilizado para otros menesteres diferentes delos meramente deportivos. La bandera española, por ejemplo, ha necesitado de los triunfos de una selección de fútbol para ser llevada como señal identitaria de una sociedad que, hasta esas victorias, se resistía a identificarse con sus colores.

El deporte es utilizado por muchos como señuelo, como el campo propicio para la mitomanía, la manipulación y el engaño. El éxito de una simple victoria deportiva transformada en algo superior e interpretada según los intereses ideológicos de parte. Observen la portada de ABC del pasado 31 de julio. Lo del rostro oculto del atleta. es cosa del administrador de este blog. Presten atención a la utilización demagógica que se hace con la imagen y el titular: “Toro, plata y bronce”. Recuerden la polémica que, especialmente el nacionalismo español, hizo de la decisión del Parlamento  de Catalunya de abolir las corridas de toros por aquellas fechas.

Del reconocimiento a los deportistas se pasa a su utilización política. No es algo nuevo, en la época clásica de los griegos, los atletas triunfadores recibían todo tipo de recompensas y  también eran utilizados como símbolos. Pese  a las advertencias y recelos de algunos pensadores, los deportistas más laureados continuaron siendo utilizados por el poder y recibiendo la  admiración y fervor popular. En la actualidad, el espectáculo y el negocio favorecen la proliferación de ídolos que son usados en demasiadas ocasiones para la propaganda polítiquera.  Los triunfadores se nos muestran como modelos a seguir  que, bandera en mano,  nos los presentan como  referentes válidos.  La línea argumental es tan simple como simplista:  esfuerzo igual a éxito, y el éxito como garantía de celebridad y dinero. Los medios y sus diferentes intereses hacen el resto. La Fórmula 1, por ejemplo, nunca tuvo gran predicamento  por estos lares pero aquí, en dos días, todos nos convertimos en expertos opinadores delante del televisor siguiendo las carreras  de un tipo que, por mucho himno que haga sonar y bandera que lleve en su indumentaria, prefiere rendir cuentas a la rica hacienda suiza.

La grandeza agónica del ciclista subiendo pendientes imposibles, la elegante precisión del tenista para devolver la pelota que pasa una y otra vez la red con precisión geométrica, la lucha contra el crono  de nadadores y  atletas o las pasiones desbordas del fútbol, hacen del deporte un campo abonado para la iconografía identitaria. Pero hay un problema: el ídolo para que sea perfecto no debe ser real (el dios de las religiones, por ejemplo) o debe estar muerto. De lo contrario  se corre el riesgo de conocer sus debilidades o sus trampas y luego sucede que nos sorprendemos y no damos crédito cuando la realidad nos estropea la magnífica representación que los timadores nos han escenificado. Y para entonces, mientras discutimos si son galgos o podencos  y con el semblante  de  quienes se percatan demasiado tarde del engaño, mantendremos nuestra predisposición a entusiasmarnos con el próximo ídolo o estafador nacional.

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