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El pueblo la trajo y el pueblo la defenderá

11 abril 2011

Portada del periódico La LibertadComo en otras ocasiones este blog rastrea por la hemeroteca para recuperar escritos que se publicaron en los días previos, en los posteriores o en el mismo  histórico 14 de abril de 1931. Resulta interesante leer cuanto se escribía en aquellas fechas, contagiarnos de la emoción del momento, esbozar una sonrisa ante tanto entusiasmo o comprobar cómo desde el primer momento se era consciente de las dificultades con las que se tendría que lidiar.

De la importancia  que tenía la prensa, se reproducen unas palabras de Ortega y Gasset (1):  «A estas fechas han desaparecido los antiguos “poderes espirituales”: la Iglesia, porque ha abandonado el presente, y la vida pública es siempre actualisima; el Estado, porque, triunfante la democracia, no dirige ya a ésta, sino al revés, es gobernado por la opinión pública. En tal situación, la vida pública se ha entregado a la única fuerza espiritual que por oficio se ocupa de la actualidad: la Prensa».

No está nuestro ánimo en estos momentos de intensa emoción, de desbordante júbilo, para coordinar ideas y reflexionar en calma, dejando en las cuartillas nuestras impresiones de la gloriosa jornada histórica que acabamos de vivir. Jamás una vibración tan violenta como esta sacudió nuestros nervios; nunca nos invadió un sentimiento emocional tan fuerte. Mientras escribimos estas líneas, el pueblo, al pie de los balcones de nuestra casa se agita y vocifera en jubilosa manifestación. A las íntimas manifestaciones se unen las del pueblo, libre después de muchos siglos de esclavitud; unas y otras chocan en una explosión de entusiasmo,  que nos invade, que se apodera de nosotros, que nos puede. Comprenda el lector nuestra situación, nuestro estado espiritual y compréndanos. Ante el magno acontecimiento histórico quisiéramos escribir  unas cuartillas históricas; pero el empeño es vano. La pluma tiembla sobre el papel y la emoción nubla nuestra vista. Estamos sinceramente conmovidos, maravillados ante el espectáculo único de este pueblo de excepción, del que decían sus verdugos que no estaba capacitado para vivir en la República, y que la ha conquistado como ningún otro pueblo supo lograrla.  Sólo sabemos en estos instantes admirar al pueblo, reverenciarlo, y las fuerzas que nos restan al termino de la jornada agotadora son para gritar: «¡Viva España! ¡Viva al gloriosa República española! ¡Viva el ejemplar pueblo español!».

Sin embargo,  hemos de sobreponernos, de hacernos fuertes, de cumplir nuestro ineludible deber, porque hoy más que nunca estamos obligados a que nuestra voz llegue al pueblo y a que se alce serena, segura, convincente, dominando al estruendo del oleaje del júbilo nacional. Conseguida la República: en huida el jefe de un Estado podrido; borrados siglos de oprobio; hecho astillas el trono; desterrada para siempre —¡para siempre, españoles;  prometerlo por vuestro honor!— la funesta dinastía borbónica, con figuras como las de aquel felón Fernando VII, como la de aquella insensata Isabel II, como la de este torpe y soberbio Alfonso XIII, enamorado del poder personal, divorciado por su gusto del pueblo, incompatible por su voluntad con la democracia, nuestra obligación de españoles es una, una sola: sostener la soberanía del pueblo, consolidar en el orden la República.

Ha venido esta como jamás ha venido República alguna en el mundo: de las urnas, en las que virilmente y ordenadamente depositó el pueblo su voluntad, y de las que esta voluntad salió limpia, honrada, digna, para derrocar el trono e imponer una España menor: una España que respondiera al noble anhelo nacional. No es esta República nuestra producto de un pronunciamiento militar —no la hubiéramos querido así—; no es esta República nuestra resultado de una revolución sangrienta; no es esta República nuestra fruto de traiciones; llega a nosotros sin la más pequeña mancha, sin la más ligera sombra, limpia, pura, inmaculada. Obra del pueblo, modelada por el pueblo, impuesta por el pueblo, al pueblo corresponde defenderla, consolidarla, fortalecerla, hacerla, por su solidez, inconmovible, y por su elevación, inaccesible a la traición.

Mucho, muchísimo,  hemos trabajado por el triunfo de la causa republicana; hemos trabajado por ella con fe, con entusiasmo, en la adversidad, en la persecución, en el dolor de la injusticia;  pero más, infinitamente más trabajaremos por defenderla contra asechanzas de sus posibles enemigos.

Continuar leyendo en La Libertad, 14 de abril de 1931

(1) MISIÓN DE LA UNIVERSIDAD, José Ortega y Gasset

2 comentarios leave one →
  1. mldiaz permalink
    11 abril 2011 12:03 pm

    UN ALDABONAZO

    José Ortega y Gasset
    «Crisol», 9 de septiembre de 1931.

    ORTEGA Y GASSET, JOSE

    Desde que sobrevino el nuevo régimen no he escrito una sola palabra que no fuese para decir directa o indirectamente esto: ¡No falsifiquéis la República! ¡guardad su originalidad! ¡No olvidéis ni un instante cómo y por qué advino! En suma: autenticidad, autenticidad…

    Con esta predicación no proponía yo a los republicanos ninguna virtud superflua y de ornamento. Es decir, que no se trata de dos Repúblicas igualmente posibles -una, la auténtica española, otra, imaginaria y falsificada- entre las cuales cupiese elegir. No: la República en España, o es la que triunfó, la auténtica, o no será. Así, sin duda ni remisión.

    ¿Cuál es la República auténtica y cuál la falsificada? ¿La de «derecha», la de «izquierda»? Siempre he protestado contra la vaguedad esterilizadora de estas palabras, que no responden al estilo vital del presente -ni en España ni fuera de España. (….) No es cuestión de «derecha» ni de «izquierda» la autenticidad de nuestra República, porque no es cuestión de contenido en los programas. El tiempo presente, y muy especialmente en España, tolera el programa más avanzado. Todo depende del modo y del tono. Lo que España no tolera ni ha tolerado nunca es el «radicalismo» -es decir, el modo tajante de imponer un programa-. Por muchas razones, pero entre ellas una que las resume todas. El radicalismo sólo es posible cuando hay un absoluto vencedor y un absoluto vencido. Sólo entonces puede aquél proceder perentoriamente y sin miramiento a operar sobre el cuerpo de éste. Pero es el caso que España -compárese su historia con cualquier otra- no acepta que haya ni absoluto vencedor ni absoluto vencido.

    (… ) Pero en esta hora de nuestro destino acontece, además, que ni siquiera ha habido vencedores ni vencidos en sentido propio, por la sencilla razón de que no ha habido lucha, sino sólo conato de ella. Y es grotesco el aire triunfal de algunas gentes cuando pretenden fundar la ejecutividad de sus propósitos en la revolución. Mientras no se destierre de discursos y artículos esa «revolución» de que tanto se reclaman y que, como los impuestos en Roma, ha comenzado por no existir, la República, no habrá recobrado su tono limpio, su son de buena ley. Nada más ridículo que querer cobrar cómodamente una revolución que no nos ha hecho padecer ni nos ha costado duros y largos esfuerzos. Son muy pocos los que, de verdad, han sufrido por ella, y la escasez de su número subraya la inasistencia de los demás. Una cosa es respetar y venerar la noble energía con que algunos prepararon una revolución y otra suponer que ésta se ha ejecutado. Llamar revolución al cambio de régimen acontecido en España es la tergiversación más grave y desorientadora que puede cometerse. Lo digo así, taxativamente, porque es ya excesiva la tardanza de muchas gentes en reconocer su error, y no es cosa de que sigan confundidos lo ciegos con los que ven claro. Se hace urgentísima una división de actitudes para que cada cual lleve sobre sus hombros la responsabilidad que le corresponde y no se le cargue la ajena.

    Las Cortes constituyentes deben ir sin vacilación a una reforma, pero sin radicalismo -esto es, sin violencia y arbitrariedad partidista-. En un Estado sólidamente constituido pueden, sin riesgo último, comportarse los grupos con cierta dosis de espíritu propagandista; pero en una hora constituyente eso sería mortal. Significaría prisa por aprovechar el resquicio de una situación inestable, y el pueblo español acaba por escupir de sí a todo el que «se aprovecha». Lo que ha desprestigiado más a la Monarquía fue que se «aprovechase» de los resortes del Poder público puestos en su mano. Una jornada magnífica como ésta, en que puede colocarse holgadamente y sin dejar la deuda de graves heridas y hondas acritudes, al pueblo español frente a su destino claro y abierto, puede ser anulada por la torpeza del propagandismo.

    Yo confío en que los partidos (…) no pretenderán hacer triunfar a quemarropa, sin lentas y sólidas propagandas en el país, lo peculiar de sus programas. La falsa victoria que hoy, por un azar parlamentario, pudieran conseguir caería sobre la propia cabeza. La historia no se deja fácilmente sorprender. A veces lo finge, pero es para tragarse más absolutamente a los estupradores.

    Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: «¡No es esto, no es esto!»

    La República es una cosa. El «radicalismo» es otra. Si no, al tiempo.

  2. mldiaz permalink
    11 abril 2011 12:43 pm

    Ortega y Gasset. Rectificación de la República “Nació esta República nuestra en forma tan ejemplar, que produjo la respetuosa sorpresa de todo el mundo. Caso insólito y envidiable. Acontecía un cambio de régimen, no por manejos ni golpes de manos, ni por subversiones parciales, sino de la manera inevitable, exuberante y sencilla como brota la fruta en el frutal. Este modo, diríamos espontáneo, de nacer la República, nos garantiza que el grave cambio no era una ligereza, no era un capricho, no era un ataque histérico, ni era una anécdota, sino que había sido una necesidad profunda de la nación española, que se sentía forzada a sacudir de sobre sí el cuerpo extraño de la monarquía. Lo que no se comprende es que habiendo sobrevenido la República con tanta plenitud y tan poca discordia, sin apenas herida, ni apenas dolores, hayan bastado siete meses para que empiece a cundir por el país desazón, descontento, desánimo, en suma, tristeza. ¿Por qué nos han hecho una República triste y agria, o mejor dicho, por qué nos han hecho una vida agria y triste, bajo la joven constelación de una República naciente? (Muy bien). No voy a acusar a nadie, no sólo porque repugno faena tal, sino porque, además sería injusto. Conozco a esos hombres que hoy dirigen la vida pública española –y me refiero, no sólo a los Gobiernos, sino a muchos que militan próximos a ellos-; conozco a esos hombres y sé que la política peninsular no ha encontrado junto tesoro mayor de buena fe y de prontitud al sacrificio. Lo que pasa es que se han equivocado, que han cometido un amplio error en el modo de plantear la vida republicana. Y aún si luego tuviera tiempo me atrevería a demostrar que, en buena porción, ese error cometido no le es imputable, sino que más bien son de él responsables las clases representantes del antiguo régimen, que ahora tan enconadamente combaten a esos hombres. ¿Pues qué? ¿Se quería que después de haberlos mantenido en permanente oposición, más aún, en virtual destierro de los negocios públicos, pudiesen esos hombres, de la noche a la mañana, improvisar la destreza, la soltura de mano y la óptica del gobernante?. No; hay una porción de error en la actuación de esos hombres, en la de todos nosotros, que no debe de avergonzarnos, porque nos viene impuesto por una realidad histórica profunda. No somos culpables de que se haya roto de modo tan total la continuidad de las fuerzas políticas españolas. Hace diecisiete años, en 1914, en una conferencia juvenil, titulada «Vieja y nueva política», anunciaba yo que esa discontinuidad se produciría por el torpe hermetismo del régimen monárquico, que no permitía la convivencia de todas las fuerzas nacionales, sino que establecía una valla, más allá de la cual quedaban desterrados de los asuntos de España la mayor parte de los españoles.
    José Ortega y Gasset: “Rectificación de la República” (Conferencia en el Cinema de la Ópera de Madrid el 6 de diciembre de 1931)

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