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Democracia de calidad

6 junio 2011

Democracia de calidad

Al día de hoy, mañana veremos, los medios de comunicación marcan la agenda política. Con sus editoriales, primeras páginas, columnas y titulares   dirigen el debate político,  separan  lo relevante de lo superfluo y el trigo de la paja conforme a sus intereses.  Los políticos asumen esta subordinación;  atienden más a los  medios que a los ciudadanos, prestan mayor interés a las encuestas de opinión que a la opinión  de los ciudadanos y persiguen el titular   del día siguiente con más ahínco que  las  soluciones a las demandas sociales. Así las cosas,   ganando espacio en el kiosco y actuando en función de lo publicado, la democracia difumina su carácter representativo y deliberativo.

Durante la soporífera campaña electoral emergió  un movimiento que convulsionó la teatralidad habitual de los actos electorales. La incidencia del movimiento ciudadano en los resultados del 22 de mayo está por calibrar pero, todo indica que los políticos han entendido poco o nada las razones que provocaron estas manifestaciones.  Las negociaciones, apaños y declaraciones de estos días previos a la constitución de las nuevas corporaciones locales y de los parlamentos autónomos electos,  no difieren de los pactos, acuerdos y explicaciones de ocasiones precedentes. Actúan como si no hubiera pasado nada, y puede que sí, que haya pasado algo, sólo que nuestros políticos serán los últimos en comprenderlo y asimilarlo.

Una de las propuestas recurrentes del movimiento ciudadano que delibera en las calles, plazas y redes sociales, consiste en la necesidad de una reforma electoral que apueste por una auténtica representatividad y  garantice mayor  proporcionalidad en el reparto de escaños. En este sentido, se habla mucho de la ley D’Hondt o de las listas abiertas. Como atinadamente señala Pedro Fresco, el problema no es la ley sino la circunscripción electoral. En cuanto a las listas abiertas, considero que  están sobrevaloradas y,  por sí mismas,  son garantías de nada. Nuestra legislación  contempla listas abiertas para la elección del Senado. Sin embargo,  los resultados, salvo la consolidación del bipartidismo, no difieren de los obtenidos con las listas cerradas  que utilizamos  para la elección de los miembros del Congreso. Pero además, ¿se muestran más próximos a los ciudadanos los senadores que los diputados? Nosotros, los electores, ¿detectamos más proximidad, nos sentimos mejor representados con unos que con los otros?

En cualquier caso, un sistema electoral más justo, en término de representatividad y proporcionalidad, tampoco es la panacea para que la política intervenga en la sociedad real y favorezca la implicación y el compromiso entre representantes y representados.  Hay, por el contrario,  dos  elementos determinantes para avanzar en democracia: los partidos políticos y la ciudadanía. Difícilmente podemos aspirar a un sistema que mejore la representatividad de los ciudadanos,  si los partidos políticos carecen de un funcionamiento democrático. Mientras que los partidos estén “secuestrados” por  sus  “aparatos”, mientras que los pocos que manejan toda la información y todos los hilos decidan quien va en una lista, la posición que ocupa cada cual y distribuyan el argumentario  preciso para responder ante cualquier eventualidad; mientras que la democracia   no impregne el funcionamiento interno de los partidos, lo que salga de cualquier  convocatoria electoral carecerá de calidad democrática en origen,  esta merma  condicionará su funcionamiento, y justificará la aversión ciudadana a implicarse.

El movimiento del 15M es esperanzador,  no porque pueda presentar un catálogo de medidas o demandas más o menos coherentes, novedosas o necesarias, sino porque por primera vez en nuestra democracia los representantes políticos han sentido el aliento cercano de sus representados. Por primera vez,  buena parte de la ciudadanía ha decidido no confundir la sensatez con la resignación. Hasta ahora, nuestros políticos, temían el control o la “amenaza” de los medios de comunicación, ahora puede que estemos en el principio de una situación novedosa en la que el seguimiento lo  realice   una ciudadanía dispuesta a controlar y ejercer presión sobre la clase política.

3 comentarios leave one →
  1. 6 junio 2011 3:15 pm

    Brillante y atinado tu artículo. Concuerrdo con él.
    En una de sus canciones, cantaba el cantautor CarlosCano:
    «Si en vez de ser pajaritos / fuéramos tigres bengala / a ver quién sería el guapito / que nos mete en una jaula»
    Quiero decir que si la ciudadanía, por término medio, tiviéramos el mismo grado de frustración, de cabreo, de indignación, de militancia, de entrega, de sacrificio, de ganas de pasar la factura, de que nos escuche quien corresponda, de…, etcétera, etcétera, etcétera…, la democracia resultante de esa hipotética sociedad sería de muchísima mayor calidad; más auténtica y genuina.
    Pero con grandes masas de ciudadanos amorfos, resignados, incultos, forofos y fanáticos (o viceversa), criados a los pechos de las telebasuras imperantes, devotos de Frascuelo o de María (o de ambos a la vez)…, con esas mimbres no se pueden hacer cestos.

    Salú,

    • 7 junio 2011 6:55 am

      En una democracia de partidos es necesario que éstos funcionen adecuadamente, es decir, de manera radicalmente diferente a como lo han venido haciendo hasta la fecha. Una democracia formal aceptaría el gamberrismo y cesarismo con el que los “cuadros” nos tienen acostumbrados, una democracia real y de calidad no puede aceptar esta extorsión, tiene que dar un paso adelante. No nos queda otra que garantizarnos unos partidos ejemplares, democráticamente hablando, y una ciudadanía activa, interesada y vigilante.

      Saludso

  2. 7 junio 2011 8:08 pm

    Los partidos y la ciudadanía están cada vez más distanciados pero lo peor de todo es que a los aparatos no les conviene acercarse más a la gente porque con lo que tienen les basta y les sobra para mantener sus cuotas de poder.

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