Hoy me faltan palabras para escribir. Las busco pero parecen aletargadas, perezosas, con poca predisposición a picar los anzuelos que les lanzo. Como esta situación se repite con cierta frecuencia, paseo por la blogosfera en busca de algo digno que plagiar o si lo prefieren, en busca de inspiración. Eso sí, como la actualidad política de estos días me produce cierto desasosiego y frustración, me dispongo a ojear actualizaciones anteriores a esta semana. A las primeras, encuentro Ópera en el Mercado Central de Valencia, de Jon Kepa, post en el que se reproduce un vídeo espectacular.
Observar el vídeo es comprobar, una vez más, que la palabra no es el único elemento del proceso comunicativo. Reproduzcan el vídeo, incluso suprimiendo el sonido. De acuerdo, no es igual; hay una música que da coherencia y sentido a todo el espectáculo pero reproduzcan sólo sus imágenes. La música, en este caso son diversos fragmentos de «La Traviata» de Verdi, no es lo que me interesa. Llama mi atención la reacción de los usuarios del mercado. Los gestos de esos ciudadanos dicen mucho y transmiten sorpresa, expectación, incredulidad, emoción, alegría, satisfacción, felicidad. Intento escribir un post que transforme las imágenes en palabras; esbozo borradores con destino directo a la papelera.
Cuando hablamos, además de palabras, usamos otros recursos que, en ocasiones, pueden resultar más explícitos. Dicen que los latinos en general, y los hispanos en particular, recurrimos con reiteración a estos mecanismos expresivos. Algunos argumentan que el uso y, en ocasiones, abuso del gesto es una estrategia que pretende ocultar la ausencia del dominio de un vocabulario amplio; que intentamos paliar nuestra pobreza verbal apoyándonos en el resorte gestual para facilitar y hacer más comprensible nuestra comunicación. Puede que algo de cierto exista en ello, pero observando este vídeo las palabras parecen tomar categoría de anécdota y que esos rostros transmiten emociones que no precisan sustantivos, adjetivos ni adverbios que las encorseten y delimiten. Si en las palabras confluyen evolución e inteligencia, en los rostros de esos ciudadanos se expresa algo superior que no precisa del conocimiento de un determinado código léxico. Esas expresiones son universales; usan una especie esperanto natural y accesible a todos.
En Cien años de soledad, al hablar de la fundación de Macondo, Gabriel García Márquez escribe: “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre”. Hoy que el mundo parece más antiguo, todas las cosas tienen un nombre y una o varias palabras para identificarlas. La cuestión no es, ahora, la falta de palabras sino la incapacidad del copista para transcribir lo que observa y de su manifiesta impericia para encontrar los términos adecuados.
Consumado el fracaso, el escribiente, observa el vídeo una vez más. Ahora le interesa otros aspectos, como conocer los datos de ventas en el Mercado Central de Valencia una vez concluido el espectáculo para comprobar si un buen estado de ánimo nos hace ser más generosos en el gasto. Por otra parte, se pregunta si será verdad eso de que muchos medios editan basura porque ésa es la demanda. ¿Están convencidos, editores de prensa y programadores de televisión, que nos gusta tanta porquería?
No hay peor lujuria que pensar. Cuando hace unos meses reproduje Opinión sobre la pornografía, de Wislawa Szymborska, no imaginé que, a este blog y al reclamo de la palabra pornografía, llegara cierto tipo de gente con tanta curiosidad como ignorancia. Igual pensaron que Wislawa era el nombre de una actriz porno. El caso es que, desde su publicación, un buen número de visitantes del blog lo hacen seducidos por el título del post y, probablemente, buscando un contenido que no encontrarán. Resulta significativo que varios de quienes dejaron su comentario lo hicieran motivados por ese mecanismo simple e irracional de acción reacción, como si respondieran a una llamada de conciencia para divulgar lo nocivo que resulta para el ser humano eso del porno. Algunos leen pornografía y se ponen como motos. ¡Qué le vamos hacer! Estos moteros responden a dos prototipos: quienes buscan algo de distracción o placer y quienes consideran —¡con éstos hay que tener cuidado!— que el ser humano debe actuar como si perteneciera a una especie asexuada.
Es cierto que los comentarios, con demasiada frecuencia, los escribimos sin la lectura previa y pausada del post en el que opinamos. El caso es que reproduzco un poema y me sueltan una sobredosis de moralina. Es insolente llamar a las cosas por su nombre. Lo sexual está latente en nuestras vidas pero siempre hay un puritano empeñado en calificar a los demás como depravados si no actúamos según sus criterios, un ilumindado convencido que su misión consiste en salvar almas descarriadas. ¡Uf!, ¡cuánto óxido!
El sexo, todo lo relacionado con la sexualidad, tan presente y tan tapado, tan deseado y silenciado era algo reservado para la intimidad del tálamo, alcoba y confesionarios. El sexo es algo cotidiano pero hay quien pretende condenarlo a la ignorancia, al oscurantismo, quien pretende ocultarlo bajo un estúpido velo para actuar como si no existiera. Bajas pasiones, le llaman algunos. ¡Vaya eufemismo! La pasión se le supone, aunque no siempre, pero ¿bajas? Cuando mi vecina Juana decía que tenía molestias en los bajos, su marido, que era un tipo con mucha guasa, le solía responder que fuera al callista o que buscara zapatos más cómodos.
No sabría definir la pornografía, pero si tienes curiosidad no recurras al DRAE para conocer su significado preciso y exacto. Nuestros académicos son tan doctos que nunca dejarán de sorprendernos: si el franquismo es para ellos un movimiento político y social, la pornografía puede llegar a ser un tratado sobre la prostitución. ¡Qué cosas!
En cuanto a mi opinión, sobre lo que es pornografía, diré que nunca supe diferenciarla del erotismo, que mientras sea entre adultos y de forma voluntaria no me parece más obscena que muchas otras cosas de nuestra realidad —abusos bancarios, morralla televisiva en horario infantil, la doble moral vaticana o los euros, que de nuestros impuestos, recibe la Casa Real—. No sabría, repito, definir la pornografía pero os diré que nunca compartí aquello de que la literatura erótica es la que se lee con una sola mano porque, como dice un amigo, una cosa es la literatura y otra hacerse pajas.









